Los que esperan

Los que esperan

Estamos a mitad de agosto y me encuentro en Marruecos, en una furgoneta camino a la antigua ciudad romana de Voulibilis. La carretera serpentea bajo un sol atroz. No son más que las diez de la mañana pero los rayos del astro ya escuecen sobre la piel de mi brazo derecho (el que está junto a la ventanilla). A uno y otro lado, magníficos olivos nos marcan el camino hacia la ciudad. Allí era donde hace dos milenios acababa el ciclo del olivo. Del árbol a la prensa y hoy aún el fruto sigue el mismo camino. Hay que ver lo poco que hemos cambiado en algunas cosas.

Giramos a la derecha y la vegetación cambia. A la izquierda, enormes eucaliptos importados de Australia. A la derecha cactus con los que algunos se vestirían y otros muchos se emborracharían y posiblemente acabaran desnudos. Y ahí están los que esperan. Personas anónimas que pasan el tiempo esperando.

Esperando a amigos. Esperando a clientes. Esperando. Larga. Eterna espera bajo el sol. El sol marroquí. El sol marroquí de agosto. El sol.

Interminables son las horas de aburrimiento, horas muertas que uno no sabe ya cómo matar. Tirar piedrecitas, contar las hojas de los árboles. Alguien para. Enseguida se ponen en pie. Hay que vender el producto, hay que aprovechar el momento. Se acercan pero el interesado, ha dejado de serlo. Simplemente había parado para hablar con el móvil.

La espera continúa, al igual que nuestro camino. El serpenteo no cesa y volvemos a tomar una curva, esta vez a la izquierda y dejamos a la derecha una estación de servicio donde sirven un café excelente. La misma cafetería que cuenta entre su estrafalario mobiliario con una obra de arte muy poco artística, pero sí muy inquietante. Sentados a la misma mesa tenemos a los grandes personajes de la historia. Julio Cesar cerca de Hitler, Karl Marx, Napoleón, Gahandi. Todos están, sin distinción. Stalin observa a Atila mientras Lincoln bebe de una copa. Inquietante, pero esta vez no pararemos a observarla. Ellos también esperan a que alguien pare y se queden espantados con tal lienzo.

Seguimos por nuestro camino y a los pocos kilómetros se avista en la distancia la ciudad. No hablamos de Voulibilis, no, sino de la ciudad sagrada de Moulay Idriss, la joroba de camello como la conocen localmente. Camello, dromedario…vamos lo que sea, la cuestión es que hoy esta ciudad nos da igual. Ya hablaremos otro día.

Llegamos y allí siguen los que esperan. Los guías que esperan a sus grupos. Todos uniformados con sus sombreros de paja. El calor asfixia, pero una suave brisa nos calma un breve instante. Los que esperan siguen ahí. Esperan a posibles clientes del saber. Ilustrarles en la cultura antigua. En lo que hacían bien, en lo que les convertía en casi-dioses, en lo que les pervertía. Todo. Bajo un sol asfixiante, los guías esperan, tal y como esperaban los romanos a sus soldados.

Salimos y lo que anteriormente eran casas vacías, cerradas, se convierten en megaexposiciones de objetos y bienes de consumo. Los dueños/trabajadores esperan. Esperan en la sombra a un sediento cliente que se atreva a entrar en su laberinto. De las paredes cuelgan mantas, alfombras y toda clase de souvenirs horteras. Da igual que estemos en Francia, Singapur o Marruecos, los souvenirs son cutres. No hay quien les meta mano.

La espera continúa, pero ahora para nosotros que estamos en la furgoneta camino de Meknes para coger la autopista a Rabat. Media hora y dejamos la maravillosa muralla de Meknes a nuestra izquierda. Peaje. Media hora más y parece gracioso, pero mientras escribo estas líneas, nos paramos. Dejamos de rodar a toda velocidad con nuestra vieja furgoneta. Dejamos de existir en el ir y venir de la carretera. Nos acercamos al arcén y ahí paramos. Paramos por completo. Es la 13:30 y hace un calor espantoso.

Estamos en Marruecos y hace calor. La temperatura del coche subió y hay que parar. Esperamos.

Tiene gracia que escribiendo sobre gente que espera seamos nosotros los siguientes…Un camión para. Llena de agua el depósito para tal efecto y continuamos. Esto va para delante…5 minutos y volvemos a parar. A esperar.

En estos momentos me viene a la cabeza otras situaciones acontecidas en el pasado. Aquella jornada de espera en Cuba con Everato ingresado, luego durmiendo en el arcén de la carretera, la espera, Felito, la cuerda…pero eso ya son otras historias que ya explicaré otro día. Aquí, en ésta, seguimos en Marruecos y hace calor.

Retomamos la marcha y acabamos en Khemisset, un pueblo/ciudad en mitad de la NADA. Al menos tienen cafeterías. Eso nunca falta en Marruecos y quizás sea el mejor lugar para pasar el rato durante una larga espera.

Problema resuelto…Reímos ¿Cuál ha sido? El depósito de agua ha reventado, ¿solución? ¿Cuál? Porque la mejor sería cambiarla, pero demasiado tiempo de espera. La marroquí…¿Fumas?...Ok.

Coge los filtros de un cigarro, quémalos, compra superglue y tachán, problema resuelto…La espera no se hace larga. Es cierto que pudiendo haber estado toda la tarde ahí plantados, son las 15:45 y podemos retomar la marcha. Ahora la que nos espera es Rabat y Casablanca. Siempre hay gente que nos espera, esperamos cosas, suceden imprevistos…Por cierto ¿Lo esperabais?